Desde las montañas de Jayuya hasta algunos de los proyectos científicos y tecnológicos más ambiciosos del mundo, Marvi Matos ha demostrado que la perseverancia, la curiosidad y el deseo de servir pueden abrir cualquier puerta. Su historia trasciende los laboratorios, los cohetes y las posiciones de liderazgo. Es la historia de una mujer que nunca ha olvidado de dónde viene y que hoy dedica buena parte de su vida a asegurar que otros lleguen incluso más lejos que ella.
Nacida en Ponce y criada en Jayuya, comenzó su formación en las escuelas públicas de ese municipio. Más adelante cursó su último año de escuela superior en el Centro Residencial de Oportunidades Educativas de Mayagüez (CROEM), donde terminó de descubrir que la ciencia y la ingeniería eran el camino que quería recorrer.
Pero antes que ingeniera, Marvi sigue siendo, como ella misma dice entre risas, “la jíbara de Jayuya”.
Entrevista a la Dra. Marvi Matos en el Jueves de Ciencia Boricua.
Lo dice sin esfuerzo, casi como una confesión sencilla. Es un apodo que la acompaña desde siempre y que, lejos de incomodarla, le sirve como recordatorio. Porque en su forma de ver el mundo, ese origen no es un punto de partida que quedó atrás, sino una raíz que todavía la sostiene.
La curiosidad por entender cómo funcionan los materiales y por qué la tecnología puede transformar el futuro ha guiado toda su carrera. Lo que comenzó estudiando ingeniería química en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez, luego la llevó a colaborar con algunas de las instituciones científicas más importantes de Estados Unidos, completar un doctorado y asumir responsabilidades de liderazgo en la academia, la industria aeroespacial y, más recientemente, en el desarrollo de tecnologías de energía limpia. A lo largo de ese recorrido dirigió equipos en empresas como Boeing y Blue Origin, donde participó en proyectos que marcaron hitos en la exploración espacial.
Hoy es vicepresidenta sénior de Tecnología en Zap Energy, donde lidera equipos dedicados al desarrollo de reactores de fusión, una tecnología que busca desarrollar una nueva fuente de energía limpia. Sin embargo, basta escucharla unos minutos para entender que pocas veces habla de cargos, patentes o proyectos. Prefiere hablar de personas.
Su filosofía de liderazgo no nació en una sala de reuniones. Cuando la explica, no menciona títulos ni universidades. Habla de su madre.
La recuerda trabajando sin pausa en el laboratorio clínico en Jayuya, atendiendo pacientes a cualquier hora, sin importar el cansancio. En esa imagen, dice que entendió lo esencial: que liderar no es mandar, sino sostener, escuchar y cuidar a otros mientras también se construye algo más grande.
“Eso es lo que te forma, eso es lo que te cambia.”
Lo dice con una naturalidad que refleja su forma de entender el trabajo: como un proceso colectivo donde la confianza y la colaboración son esenciales. Está convencida de que la innovación solo ocurre cuando las personas se sienten libres de cuestionar, proponer y construir juntas.
No obstante, el camino no ha estado libre de obstáculos. Desarrollar una carrera en industrias históricamente dominadas por hombres implicó enfrentar retos que iban más allá de lo técnico.
Cuando se le preguntó si las barreras más grandes han sido por ser mujer, latina o incluso, puertorriqueña, no dudó… “Todas las anteriores.”
Recuerda reuniones en las que sus ideas pasaban desapercibidas hasta que alguien más las repetía, y momentos en los que oportunidades de crecimiento terminaron en manos de otros. En lugar de permitir que esas experiencias definieran su historia, decidió convertirlas en una razón para abrir espacio a quienes históricamente han tenido menos oportunidades.
“Mi trabajo tiene que ser más grande que mi posición. Tiene que tener un impacto en la sociedad”, afirmó.
Esa convicción explica por qué, aun ocupando posiciones de liderazgo en la industria aeroespacial y energética, continúa dedicando tiempo a la mentoría de estudiantes interesados en las disciplinas STEM. A través de conferencias, artículos y programas educativos, busca despertar en otros la misma curiosidad que marcó su infancia.
Entre esos esfuerzos destaca Semillas de Triunfo, de Ciencia Puerto Rico, un programa que describe como “brillante” por acercar la ciencia a niñas y jóvenes y mostrarles que ese futuro también puede ser suyo.
“La diferencia entre un chamaquito y yo es cuestión de tiempo. Quiero que lleguen más lejos…”
Lejos de los laboratorios y las reuniones, Marvi procura reservar espacio para lo que considera esencial: ejercitarse, compartir con su familia y reunirse con sus amistades. Está convencida de que el éxito profesional pierde sentido si no existe un espacio donde también se pueda ser vulnerable.
Durante la entrevista explica que contar con personas de confianza con quienes puede hablar libremente, expresar frustraciones y pedir consejos ha sido clave para su bienestar emocional. Para ella, nadie debería cargar solo con el peso de las responsabilidades.
Cuando se le pregunta qué significa para ella representar a Puerto Rico en escenarios científicos internacionales, su reacción es casi inmediata: una sonrisa breve, sin preparación, como si la pregunta no necesitara demasiado espacio.
“No las pienso… se hace y ya”, dice, refiriéndose a esas responsabilidades y a la idea de representar al país. Para ella, no se trata de una carga ni de un símbolo que deba sostener; es simplemente parte del camino que ha elegido.
Lo dice sin énfasis, sin intención de construir una respuesta memorable. Más bien como quien describe algo cotidiano: hacer el trabajo, tomar decisiones y seguir adelante. La dimensión de lo que representa llega después, en la mirada de quienes observan su trayectoria.
Antes de despedirse, deja un último consejo para quienes sueñan con construir una carrera sin renunciar al resto de su vida:
“No hay nada que te llene más que sentirte realizado.”
Y, casi como cierre de todo lo que ha aprendido, añade una idea que resume su filosofía:
“You don't have to choose. Lo puedes hacer todo; todo va a llegar a su tiempo…”
Hoy Marvi Matos es ingeniera, científica, líder, mentora, madre, amiga y servidora. Pero el legado que espera dejar no está escrito en los proyectos que dirigió ni en los laboratorios donde trabajó. Está en cada estudiante que un día decida intentarlo porque escuchó su historia. Está en cada niña que descubra que también puede ser ingeniera. Está en cada persona que entienda que el verdadero éxito no consiste en llegar primero, sino en dejar el camino un poco más fácil para quienes vienen detrás.
Porque la ciencia transforma el mundo. Pero las personas que deciden servir, transforman vidas.
Y ese, quizás, sea el mayor aporte de la jíbara de Jayuya.