La salud mental de estudiantes graduados en Puerto Rico

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El agotamiento académico, o burnout, no significa simplemente estar cansado. (Pexels)

Publicado originalmente en la sección de Opinión de El Nuevo Día, con la cual CienciaPR mantiene una colaboración. Republicado con permiso de la autora.

En este nuevo año académico celebramos a quienes son admitidos a programas de medicina, residencias, doctorados y otras carreras graduadas. Aplaudimos sus logros y hablamos del talento que necesita Puerto Rico. Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que ocurre emocionalmente durante ese camino.

Detrás de cada carta de aceptación hay estudiantes que, incluso antes de comenzar clases, cargan con ansiedad, incertidumbre y agotamiento. Recientemente ofrecí un taller a un nuevo cohorte de estudiantes graduados en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Ciencias Médicas y la gran mayoría expresaba sentirse ansiosos antes de tomar su primera clase. Esa realidad merece nuestra atención.

Este agotamiento no surge simplemente por tener mucho trabajo o por una falta de organización. Es el resultado de años marcados por las consecuencias del huracán María, la pandemia de COVID-19, la incertidumbre económica y los cambios que han afectado la educación graduada y la investigación en Puerto Rico.

Como estudiante doctoral en Anatomía y Neurobiología y estudiante de maestría en Consejería en Salud Mental Clínica, he comenzado a observar esta realidad desde dos perspectivas: la científica y la humana. El agotamiento académico, o burnout, no significa simplemente estar cansado. Se caracteriza por agotamiento emocional, pérdida de motivación y una sensación de desconexión con actividades que antes tenían significado.

Paradójicamente, muchos estudiantes llegan impulsados por una profunda pasión. Quieren descubrir, investigar, aportar conocimiento y servir a sus comunidades. Sin embargo, esa misma meta convive con la incertidumbre sobre el futuro profesional, las dificultades económicas, la comparación constante, el rechazo de publicaciones o propuestas y la sensación de que nunca se está haciendo suficiente.

Desde la ciencia de la motivación, esta experiencia puede entenderse como un conflicto entre el deseo de alcanzar una meta significativa y el peso de las amenazas que acompañan ese camino. Un estudiante puede amar la ciencia y, al mismo tiempo, sentirse emocionalmente exhausto. Puede estar profundamente comprometido con su profesión y aun así necesitar apoyo y acompañamiento.

Reconocer esta realidad no significa reducir los estándares de excelencia. Significa preguntarnos si estamos formando profesionales en ambientes que promueven el crecimiento o en sistemas que normalizan el sufrimiento como requisito del éxito. Hablar de salud mental en la educación graduada no debilita la excelencia académica;

por el contrario, fortalece la capacidad de nuestros estudiantes para innovar, investigar y servir al país.

La salud mental de los estudiantes graduados no es únicamente una responsabilidad individual. También es un compromiso institucional y social. Necesitamos mentorías conscientes del impacto que tienen en el bienestar de sus estudiantes, espacios donde pedir ayuda no sea visto como una debilidad y universidades que reconozcan que el bienestar también forma parte de una educación de excelencia.

Puerto Rico necesita investigadores, profesionales y líderes preparados, pero también necesita que puedan completar su formación con bienestar y propósito. La resiliencia seguirá siendo importante, pero no puede ser la única respuesta. Si aspiramos a construir un mejor país a través del conocimiento, también debemos preguntarnos cómo estamos cuidando a quienes dedican su vida a generarlo.