En las praderas del Medio Oeste de Estados Unidos, donde el horizonte se extiende sin la inmensidad del océano a la vista, las noches de Rafael L. Joglar transcurrían en un mutismo que no conocía el canto del coquí. Mientras aprendía en la Universidad de Kansas, allá para la década de 1980, entendió qué le faltaba: no era solo el azul del mar bordeando el verde de los bosques, sino ese sonido persistente y familiar que acompaña la vida en Puerto Rico.
Hoy, cuando aún siente la emoción de siempre al escuchar la romanza de ese anfibio al que ha dedicado su vida a proteger, el doctor Joglar cierra una carrera de cuatro décadas como profesor e investigador en el Departamento de Biología de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, consciente de que su aportación a la defensa de la biodiversidad puertorriqueña está lejos de concluir.
“No quería retirarme y nunca había pensado en el retiro, pero aquello está muy complicado allí. Cuando me fui, pensé que me iba a morir realmente”, contó Joglar sobre su jubilación del primer centro docente del país, en verano pasado.
Aunque dolorosa, la decisión le abrió las puertas a nuevas oportunidades, como una colaboración con el artista Bad Bunny en el tema ambiental y la ocasión de liderar una experiencia educativa sobre el coquí en el Museo de Arte de Puerto Rico, que estará disponible al público hasta el 30 de abril. Joglar llevaba cinco años en busca de un espacio para esta idea, que sueña con replicar en otros museos o en bibliotecas a través del archipiélago. Además, el 16 de abril –también en el Museo de Arte– estrenará el documental “El coquí: de los taínos al cambio climático”.La experiencia educativa “Si los coquíes sobreviven, nosotros sobreviviremos: ¡Protejamos lo nuestro!” estará disponible al público en el primer piso del Museo de Arte de Puerto Rico hasta el 30 de abril. (Carlos Rivera Giusti/Staff)
Joglar, quien formó generaciones de estudiantes desde 1986, es el fundador del Proyecto Coquí, una organización sin fines de lucro en favor de la conservación de la biodiversidad. A lo largo de su extensa carrera, ha sido reconocido como una figura clave en el estudio de los anfibios del Caribe, llegando a documentar la extinción de tres de las 17 especies de coquíes de Puerto Rico: coquí palmeado (1974), coquí dorado (1981) y coquí de Eneida (1990).
¿Cuál le gustaría que fuera su legado como educador?
—Quisiera que el puertorriqueño promedio supiera lo que es un coquí y supiera tres cosas: qué es un coquí, por qué son importantes y por qué estamos perdiendo especies. Esas tres cosas, el puertorriqueño no las conoce. Y esta exhibición, precisamente, acentúa esas tres preguntas, y también el documental acentúa esas tres preguntas.
¿Cuáles considera que han sido sus aportaciones principales?
—Creo que una de las cosas que ha sido importante es el tema de los libros. Yo me dediqué a publicar una serie de libros y no lo hice solo, lo hice con la Universidad de Puerto Rico. Todo lo que yo he hecho, se lo debo a la Universidad de Puerto Rico, por eso me dio tan fuerte salir de allí. Y la Universidad de Puerto Rico me daba sabáticas, y esos libros nacieron todos en sabática. En el afán de destruir la Universidad, que es un afán muy planificado, muy estructurado, nos quitaron las sabáticas. En el caso mío, pues, mis libros se paralizaron. Publiqué siete libros en total mientras estuve en la Universidad esos 40 años, pero se quedaron siete sin terminar, y eso, para mí, es terrible. Creo que también tuve la dicha, gracias a la Universidad, de bregar con un grupo muy grande de estudiantes, y fui muy afortunado. En el documental tengo dos de ellos a mi lado. Tengo a Carlos Andrés, que trabajó conmigo 18 años, y el tipo sabe igual que yo o más de los coquíes. Y tengo una niña que es Paola, que trabaja conmigo también y ahora es veterinaria. Tuve la dicha de trabajar con muchos de esos muchachos y muchachas de Puerto Rico y creo que los impacté de una forma positiva. Creo que eso también es parte de mi legado.
Entre los cerca de 80 escritos publicados por Joglar, se encuentran “Los Coquíes de Puerto Rico: Su Historia Natural y Conservación” (1998); “¡Que Cante el Coquí!” (1999); “Biodiversidad de Puerto Rico: Vertebrados Terrestres y Ecosistemas” (2005); “Biodiversidad de Puerto Rico: Agustín Stahl, Flora, Hongos” (2008); “Biodiversidad Urbana” (2011 y 2014); y “Biodiversidad de Puerto Rico: Invertebrados” (2014).
¿Qué consejo les daría a aquellos jóvenes puertorriqueños que se estén formando en las ciencias?
—Primero, felicitarlos por escoger las ciencias. Segundo, decirles que no va a ser fácil, porque son carreras bien sacrificadas, pero, al mismo tiempo, son maravillosas realmente. También, decirles muy claramente que hace falta mucha fuerza, mucha energía y mucha disciplina. Y también decirles que no dejen que la gente les diga que no, no se puede, no podemos hacerlo. Vamos a hacerlo, pero hay que meterle duro, con mucha intensidad. Lo más importante, aparte de la disciplina y el esfuerzo, también hace falta ser honesto. La honestidad para mí siempre ha sido clave, y en Puerto Rico eso está amenazado, siempre lo ha estado, pero ahora está un poco más amenazado que antes.
Usted lleva toda la vida escuchando el canto del coquí, fundó Proyecto Coquí, documentó la extinción de tres coquíes puertorriqueños. ¿Qué siente cuando escucha el coquí ahora, en esta nueva fase de su vida?
—Antes de entrar a lo que siento ahora, quiero decirte algo que me pasó y no me di cuenta. Para hacer mi doctorado, estuve cinco años fuera de Puerto Rico. Fui a la Universidad de Kansas, que es el centro más importante de estudios de reptiles y anfibios en el mundo. Entonces, estoy allí y sé que como que me falta algo, pero no sé qué es. Me tomó unos años darme cuenta de que me faltaban dos cosas; uno, el sonido del coquí, y también me hizo mucha falta ver la costa, ver el mar. Como trabajé siempre en los bosques de Puerto Rico, en El Yunque, en Maricao, en Toro Negro, desde arriba se ven las costas y se ve la playa. Esa vista, ese paisaje donde hay mar azul combinado con verde, me hizo mucha falta y no me di cuenta. Y me faltaba como el aire realmente, y el coquí, sobre todo, más todavía que el mar. Ahora es igual. Ahora, siento esa alegría por dentro, y un poco miro hacia atrás, en lo que he hecho con mi carrera y mi trabajo, y se me aprieta el pecho realmente.
¿Cuáles diría que son las amenazas principales para la biodiversidad en Puerto Rico?
—Esto lo enfatizamos en el documental. No hay ningún grupo de animales en el planeta que esté tan amenazado como los anfibios, y ese tema en Puerto Rico no se discute. El cambio climático es un tabú y cuando se habla del cambio climático, se habla bajito, para que nadie se entere. Entonces, entre los anfibios, es el cambio climático; entre los corales, cambio climático; y entre toda la biodiversidad de la Tierra, cambio climático. Y entre humanos, también. La gente (del Recinto) de Ciencias Médicas está hablando claro, ellos están hablando de olas de calor y cómo matan y afectan a los puertorriqueños, sobre todo a las poblaciones más vulnerables. Pero en Puerto Rico, y lamentablemente en Estados Unidos, no se está hablando de eso. En Puerto Rico, aparte del cambio climático, la principal amenaza es la deforestación. También, el tema del mercado de mascotas y las especies invasoras es muy delicado.
¿Qué le preocupa y qué le da esperanza sobre el futuro de la biodiversidad puertorriqueña?
—Lo más preocupante es el cambio climático y la falta de conocimiento que hay, todas las fuerzas que están operando sobre nosotros para que la gente no hable de eso, lo veo como que estamos atrapados. En el caso nuestro, que somos un caso muy específico por ser una colonia, no es solamente bregar con gobernadores tontos, tenemos que bregar con otro país también que es tonto. Por otra parte, cuando viene una joven veterinaria, como llegó ahí (al Museo) y me abraza y me dice: ‘Profesor, déjeme tomarme una foto con usted, yo tengo sus libros, he seguido su carrera’. Cuando voy a escuelas, veo esos chamaquitos llenos de energía que me hacen preguntas. (En un) salón donde di una charla del coquí estaba lleno de fotos, algunas que eran mías, habían hecho proyectos y ya sabían del coquí dorado, sabían del coquí palmeado. Cuando veo eso, digo: ‘Hay esperanza, hay todavía mucho que se puede hacer y lo estamos haciendo, no estamos totalmente perdidos’.
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