Publicado en El Nuevo Día como parte de la colaboración entre CienciaPR y ese periódico.
Las aguas termales han sido parte de la geografía y la cultura puertorriqueña por cientos de años. Hoy en día, las más famosas están en Coamo. Pero, ¿por qué actualmente solo fluyen allí?
Según el hidrogeólogo Jobel Villafañe Pagán, estudiante graduado en la Universidad de Hawái en Mānoa, la respuesta está en la geología de la zona.
“A través de Coamo, cruza la Gran Zona de Fallas del Sur, que se ramifica en fallas de menor escala, como la falla del río Jueyes, asociada y cercana a las aguas termales en esa zona. El manantial termal brota de una fisura en una colina al pie del río Coamo”, explicó.
El origen de las aguas termales
El interior del planeta Tierra está caliente. Los volcanes son evidencia clara de esto. Sin embargo, los geólogos han descubierto que ese calor existe aún en zonas sin volcanes, como en Puerto Rico. Por cada 1,000 pies (300 metros) de profundidad, la temperatura de la corteza terrestre aumenta unos 15 grados Fahrenheit (°F).
Por otro lado, cuando llueve, parte del agua se infiltra y percola al subsuelo hasta llegar al acuífero, es decir, unas capas de rocas o sedimentos subterráneos cuyos poros y espacios entre partículas permiten el almacenamiento y flujo del agua. A veces, existen grietas y fallas geológicas que permiten que el agua llegue a varios miles de pies de profundidad y alcance temperaturas de más de 150 °F.
Eventualmente, esos sistemas de fallas y grietas sirven para que el agua caliente regrese a la superficie. De camino a ella, disuelve minerales y otros compuestos químicos, como sulfatos y carbonatos, a los que se le atribuye beneficios a la salud. Este es el caso de las aguas termales de Coamo.
¿Han existido otras aguas termales en Puerto Rico?
Aunque los Baños de Coamo han sido los más famosos, sí han existido aguas termales en otras zonas de la isla. En Ponce, los Baños de Quintana estuvieron disponibles al público por mucho tiempo. En Guayama, todavía quedan las ruinas de los Baños de Virella y una pocita.
Otras aguas termales han casi desaparecido de la memoria histórica isleña. En su libro de 1852, “Catecismo de geografía de la isla de Puerto Rico”, el autor Francisco Pastrana menciona la existencia de baños termales en Hato Grande, parte de San Lorenzo. Mientras, el historiador Herminio Rodríguez Morales, en “San Lorenzo: Notas para su historia”, describe estas aguas termales como “tres excavaciones (pocitas) en el sitio de su nacimiento (...) a una legua de Caguas”.
A finales de 1905, “El Boletín Mercantil de Puerto Rico” y los periódicos de la época publicaron artículos sobre aguas termales en Caguas. El periódico “La Democracia”, del 1 de noviembre de 1905, ubica el “manantial sulfuroso” en “una llanura deliciosa (…) hacia el oriente un kilómetro más acá de la población”, o sea, el casco urbano cagüeño.
Estos medios periodísticos reportaron que un grupo de comerciantes, liderado por Juan Boix (quien administró los Baños de Coamo) y un ingeniero industrial de apellido Rivero, “constituyeron un sindicato con el fin de explotar las aguas termales existentes en esta jurisdicción” y visitaron la zona de Caguas.
Al presente, la localización exacta de las aguas termales de Caguas y San Lorenzo es un misterio. Es muy posible que los terrenos se rellenaron para expandir las zonas urbanas de estos municipios.
“El estudio de las aguas termales es sumamente importante en el archipiélago de Puerto Rico para explorar la viabilidad de la energía geotérmica. Además, aporta información sobre la interacción entre el agua y la roca en el subsuelo y ofrece oportunidades de investigación científica en ambientes extremos”, mencionó Villafañe Pagán.
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