Existen estudios que analizan la relación entre tipo de sangre y el virus, pero ninguno permite asegurar niveles de contagio.
HUMBERTO BASILIO
El remdesivir, un medicamento originalmente desarrollado para combatir el contagio de Ébola, fue autorizado para administrarse únicamente como tratamiento de emergencia en pacientes graves hospitalizados con COVID-19, en tanto continúa la investigación sobre su eficacia en general contra el virus SARS-CoV-2.
Mientras especialistas, gobiernos y organizaciones internacionales mantienen el debate sobre el uso de cubrebocas, medios informativos que han cubierto el tema han dejado de lado uno de los puntos centrales de la discusión: las microgotas de nuestra saliva, que son el vehículo de transmisión del virus SARS-CoV-2.
Estas gotitas que generalmente obviamos son resultado de la actividad respiratoria y que expulsamos al hablar, toser, exhalar o estornudar; a través de esas secreciones, el virus puede pasar de una persona a otra o depositarse en una superficie.
El microbiólogo puertorriqueño José Liquet, radicado en California, es parte de una iniciativa que impulsa la producción de insulina de forma descentralizada y hacerla disponible gratuitamente a toda persona que la necesite.
Se trata del Open Insulin Project, creado por un equipo de “biohackers” del Área de la Bahía de California, bajo la premisa de que producir insulina en muchos laboratorios pequeños, en vez de pocas farmacéuticas grandes, genera competencia y reduce costos.
Desde el comienzo, cuando fuimos arropados por la pandemia, las mascarillas han sido objeto de controversias en cuanto a la efectividad de su uso y a la escasez de suministro de este equipo de protección personal (PPE, por sus siglas en inglés).
El uso de mascarillas no produce hipoxia o déficit de oxígeno en el organismo humano, como aseguran mensajes difundidos por WhatsApp y redes sociales en los que se afirma incluso que su utilización provoca “intoxicación por inhalación del propio CO2 (dióxido de carbono)”.
Gran parte de lo que se sabe hasta ahora sobre cómo el sistema inmunológico reacciona contra un coronavirus proviene del conocimiento obtenido del Síndrome Respiratorio Agudo y el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (SARS y MERS respectivamente, en inglés).
Los planteamientos que se han difundido a través de medios sociodigitales y periodísticos sobre la responsabilidad de las redes de telefonía 5G en la pandemia de COVID-19 carecen de cualquier sustento científico para ser creíbles o considerarse como una línea de investigación para mitigarla.
Durante este mes de abril se reportó el ataque a antenas de telefonía móvil en Reino Unido (1) basados en la supuesta relación entre la red 5G y la enfermedad que, a su vez, motivaron más hipótesis sin sustento sobre el contagio provocado por el virus SARS-CoV-2.