La megaciudad que nos devora

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Por Dr. Wilson González Espada / Especial El Nuevo Día

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Puerto Rico ha cambiado muchísimo en los pasados 60 años, sobre todo en la gran cantidad de personas que se han mudado del campo a la ciudad en busca de empleo y mejores oportunidades. Es por ésto que cada vez se concentra una mayor población en las ciudades grandes como Caguas, Mayagüez, Ponce y, sobre todo, en el área metropolitana.

Esta tendencia se repite en muchos otros países. Para 1950, sólo el 30% de la población mundial vivía en áreas urbanas. Se cree que este porcentaje aumentará hasta alcanzar 60% para el año 2030. El crecimiento de las ciudades trae consecuencias positivas o negativas, dependiendo del grado de planificación económica, social, educativa y de infraestructura.

El problema actual es que mucho del crecimiento citadino no se ha planificado con cuidado, creando deficiencias en la distribución de agua potable y electricidad, problemas en la recolección de desperdicios sólidos y aguas usadas, criminalidad, congestiones de tráfico, contaminación, bolsillos de extrema pobreza y fuertes presiones al ambiente. Además, las áreas densamente pobladas tienen un mayor riesgo de muertes por desastres, tanto naturales como los producidos por el hombre.

Las megaciudades consumen una cantidad substancial de energía, material prima y recursos humanos y naturales. A veces en las ciudades grandes se ve una alegada prosperidad económica, pero con frecuencia el precio es estrés, tanto personal y social como ambiental. Al mismo tiempo, las megaciudades producen impresionantes cantidades de contaminación y desperdicios. Su impacto puede sentirse regional y globalmente.

Para que las megaciudades puedan sobrevivir y ofrecer una vida positiva a sus habitantes, el énfasis tiene que cambiar de un modelo de consumo a un modelo de inversión. Esta inversión debe ocurrir en el desarrollo de infraestructura ambientalmente viable.

Las ciencias naturales, sociales y geográficas aunan esfuerzos para entender mejor cómo crear ciudades donde haya una buena calidad de vida, donde se fomente el desarrollo sostenible y donde los recursos naturales estén al alcance de todos.

¿Qué están haciendo los científicos para contribuir al desarrollo sostenible de las ciudades grandes? Los esfuerzos se concentran en investigar cómo diferentes grupos definen el concepto de “calidad de vida” y cómo ésta se puede monitorear a corto, mediano y largo plazo; cuáles son las necesidades de la población urbana y cómo se pueden atender estas necesidades de manera que afecte el ambiente lo menos posible; y qué factores sociales, culturales y económicos inciden de manera positiva y negativa los recursos ambientales.

Además, los científicos examinan cómo compara la eficiencia en el uso de los recursos naturales en las ciudades grandes comparado con las ciudades medianas y pequeñas; cómo se puede identificar cuándo una ciudad ha crecido hasta su punto máximo de “desarrollo sostenible” cuál es el rol del reuso, el reciclaje y el manejo efectivo del espacio horizontal, vertical y subterráneo en el proceso de ingeniería de una ciudad ecológica y ambientalmente responsable; y qué cosas positivas debemos imitar o qué cosas negativas debemos evitar al observar y analizar otras ciudades de alta densidad poblacional alrededor del mundo.

Las grandes áreas metropolitanas, incluyendo las de Puerto Rico, tienen que esforzarse por mantener un balance entre lo económico, lo social y lo ecológico/ambiental. Por el bienestar de la Isla y sus recursos naturales y humanos, no nos podemos dar el lujo de perder este delicado balance. Es bueno saber que la ciencia está a nuestro servicio para ayudar a buscar soluciones al complejísimo problema de la sobrepoblación urbana.

(El autor es Catedrático Asociado en Ciencias y Educación Científica de la Universidad Estatal de Morehead en Kentucky, así como miembro de Ciencia Puerto Rico - www.cienciapr.org)