El peregrino de los puntos cardinales

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Por Alexandra Vega / Especial para El Nuevo Día endi.com Larry Cunningham me mira con un brillo de humor en sus ojos azules al escuchar mi explicación sobre la sección para la cual deseo entrevistarlo. “Me imaginaba que era ‘Vidas Únicas’ porque cuando fui a ver el periódico, el día en que me llamaste, vi que ahí estaba Al Pacino”, dice. Me hace la broma minutos después de conocerme, con la voz pausada y serena que conservará por el resto de la conversación. Me toma desprevenida: no imaginaba que la entrevista con este neumólogo y profesor de 68 años comenzaría con una alusión irónica a una estrella hollywoodense. Pero la conexión fílmica no es tan difícil de establecer cuando se trata de una vida “de película”, en países cuyos paisajes exóticos y misteriosos fueron el escenario en el que inició la búsqueda de su propia identidad. Una búsqueda que continuó a lo largo de su vida y que culminó en Puerto Rico, donde ha influido en muchas vidas a través de la docencia y la medicina. El doctor Larry Cunningham nació en China, en 1939. Sus padres, norteamericanos, eran misioneros cristianos de la Iglesia de los Hermanos y no sabían hablar el idioma del país. El niño, sin embargo, pronunció sus primeras palabras en mandarín, el lenguaje de su niñera. Naturalmente en esa etapa surgió un problema de comunicación con sus padres, según atestigua. La familia se trasladó a las Filipinas cuando él tenía 2 años para que sus padres aprendieran el vernáculo de China. Habían vivido allí apenas seis meses cuando sobrevino el ataque de los japoneses a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. Para la familia significó el comienzo de una pesadilla. Las Filipinas estaban bajo el dominio japonés y los Cunningham, como ciudadanos estadounidenses se convirtieron de repente en enemigos y fueron enviados a un campo de concentración para civiles. Larry tenía apenas dos años y medio, pero recuerda, como "la primera memoria de mi vida", la noche que pasó en el gimnasio de una escuela el día antes del traslado. No ha olvidado la frisa en la que se acostó en el piso junto a su mamá ni la oruga que atrapó y cuyas diminutas espinas tuvieron que extraer de su piel con la cera derretida de una vela. Aunque sus recuerdos se vuelven más nebulosos luego de su llegada al campo de concentración, alcanza a reconstruir el final de la odisea, aún vivo en su memoria. Durante los últimos seis meses estuvieron en Manila, prisioneros en la cárcel más impenetrable del país. “Todavía puedo ver una línea de tanques que estaban pasando al frente. No sabíamos si eran japoneses o americanos. Y vino por fin el primer tanque, y alguien se asomó y le gritó al segundo tanque: ‘Hey, Joe. Do you know where we are going?’. Y todas las personas empezaron a gritar porque eran americanos por fin”, cuenta. La familia había estado en prisión desde diciembre de 1941 hasta abril de 1945. Viajaron entonces a Estados Unidos donde permanecieron durante dos años. Para Larry significó una continua adaptación a nuevos ambientes ya que su permanencia promedio en cada escuela había sido de tres meses. La familia regresó a la China cuando él tenía 8 años, donde continuó su educación en su propio hogar. En 1949 un acontecimiento político que tendría extraordinarias consecuencias en China y en el mundo entero, trastornó otra vez sus vidas: Mao Tse Tung, líder del Partido Comunista, asumió el poder. Esta vez la familia se marchó a la India. Larry fue enviado a estudiar a un internado, ubicado en la región de los Himalayas, durante 9 meses de cada año. Aún tiene impresa en la memoria la belleza impresionante de estas montañas legendarias. En 1957, a los 18 años, luego de su graduación de escuela superior, regresó a Estados Unidos. Recuerda perfectamente cómo se presentó ante sus compañeros al comenzar su primer año universitario. “Yo soy Larry Cunningham y al cumplir 16 años había vivido cuatro años en China, cuatro años en las Filipinas, cuatro años en India y cuatro años en los Estados Unidos. De los cuatro países, no sé cuál me gustó más”, dijo en aquella ocasión. Sus palabras no fueron completamente precisas. En India había en realidad residido cinco años; en Estados Unidos, solamente tres. La vida no suele ofrecer simetrías tan perfectas. Pero su comentario sí capturaba la realidad de una existencia errante, poco convencional y expresaba el asomo de identidades paralelas, que surgían como resultado de sus experiencias. Desafortunadamente, a causa de su emotiva declaración, fue visto y tratado como foráneo. No es de extrañar que en la universidad se sintiera más a gusto con los extranjeros que con los norteamericanos. Así conoció a Ineke, estudiante holandesa, con quien se casó hace 45 años. “Yo no me adaptaba muy bien al grupo, no tenía muchos amigos. Mi esposa fue mi primera amiga de verdad”, dice. Señala que ambos se encontraban solos y “eso nos unió”. Admira a Ineke y confiesa que siempre discute sus ideas con ella. “Hemos estado juntos 45 años y espero que sigamos juntos por lo menos 15 más”, afirma. En 1965 terminó sus estudios de medicina en Estados Unidos y, al año siguiente, cuando recibió la notificación de que sería reclutado para servir en Vietnam, se convirtió en un objetor por conciencia. Entonces, como alternativa, encontró una posición de servicio voluntario en el Hospital Ryder, en Humacao. En Puerto Rico descubrió el calor de los puertorriqueños, a quienes considera “amistosos y cariñosos”. Le pareció que, aunque muy centrados en la familia, estaban dispuestos a darle la bienvenida y a entablar diálogos con franqueza poco común. La belleza del País le impactó también. En su tiempo libre Larry e Ineke se aventuraban por carreteras desconocidas en su Volskwagen rojo. En junio de 1974 empezó a enseñar neumología en el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico. Y aunque estaba renuente a establecer una práctica privada porque no quería quitarle trabajo a doctores puertorriqueños, se dio cuenta que en aquel momento hacía falta este tipo de especialistas en la isla. Al poco de comenzar su práctica privada, invitó a uno de sus estudiantes a convertirse en su socio. Al relatar esto, se nota orgullo en su voz. Es evidente que formar nuevos profesionales ha sido tan importante para él como su propia práctica en la medicina. Retirado desde el 2004 todavía enseña “ad honorem” y atiende pacientes los martes en una clínica en la Escuela de Medicina. Ofrece además talleres en los que subraya la importancia de no tratar la enfermedad sino al paciente que la sufre. El retiro le ha abierto también las puertas a nuevos quehaceres. Al visitar la colorida y amplia casa de los Cunninghams, se percibe una atmósfera de productividad gozosa. Ahora Larry tiene el tiempo para escuchar su extensa colección de música clásica, cuidar sus bonsais y cultivar orquídeas. Colabora también con Ineke en los artículos de joyería de cristal fundido que ella diseña. Una experiencia reciente le dio, por otro lado, la pieza que quizás le faltaba para completar el rompecabezas de su propia vida. Aunque los claros principios religiosos que le inculcaron sus padres -los valores del servicio, la armonía entre los pueblos y la tolerancia- guiaron su vida, su vivencia cultural resultaba un enigma para él. A principios de este mes, Cunningham recibió un regalo, del que quizás extrae algo de la paz que proyecta. Su clase graduanda de escuela superior, que completó en la India, se reunió recientemente en California. En conversaciones con sus compañeros salieron a relucir sus inquietudes acerca de su identidad cultural. Entonces, de uno de ellos le entregó un libro. “Contestará muchas de tus preguntas”, le dijo. La obra se titula “Third Culture Kid”, y Larry se reconoció a sí mismo en sus páginas como un “hijo de tres culturas”. El autor describía la incomodidad y los retos de quienes tienen que crear una tercera cultura combinando la de sus padres y la del país extranjero en que viven. Conocer este fenómeno -frecuente en un mundo en permanente ebullición migratoria- lo hizo comprender mejor su ansia por encontrarse a sí mismo y lo ayudó a culminar ese doloroso proceso. “Le avisaré cuando se vaya a publicar la entrevista”, le digo al finalizar nuestra reunión. Y me dice que sí, que le avise, y que será un placer estar ya en el mismo plano que Al Pacino. Y nos despedimos riéndonos una vez más con su broma.

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