Relato de una especie desaparecida

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Dr. Jorge Bauzá-Ortega / Especial El Nuevo Día
Esta ilustración del libro The Fisheries and Fisheries Industries of the United States, de George Brown Goode (de 1887), daba cuenta de la foca en su hábitat natural. En el recuadro de arriba, foto de un espécimen en el Acuario de Nueva York (C. 1910).

Imagínense que éxito sería observar una foca nativa en los cayos y playas arenosas de Puerto Rico y el Caribe. Posible realidad si los esfuerzo de conservación hubiesen llegado a tiempo, tal vez un siglo atrás.

Pero, lamentablemente, apenas fue descrita en la literatura científica (1849) cuando ya se le consideraba poco frecuente. De hecho, el primer encuentro de la foca caribeña con los europeos resultó en la muerte de ocho ejemplares de “lobos de mar”, esto para alimentar a la tripulación de Cristóbal Colón. Este evento ocurrió durante su segundo viaje (1494) en una pequeña isla al suroeste de República Dominicana.

Ya para finales del siglo XVIII, nuestra foca caribeña sustentaba una pequeña industria de extracción de aceite y piel. Aceite para lámparas, como lubricante y hasta para cocinar. Y la piel para la confesión de sombreros, correas, baúles y otros. Oficialmente, la última foca caribeña se observó en el 1952 entre Jamaica y la península de Yucatán. Desde entonces, solo existen relatos no constatables.

De su historia natural se conoce muy poco. Además de que se llamó foca monje (Monachus tropicalis) por la forma de su cabeza, se dice que se agregaba en bandos para descansar y dar a luz a sus crías en los cayos e islotes aislados del Mar Caribe. Se alimentaban durante el día de peces, crustáceos, pulpos y calamares. Alcanzando pesos entre las 290 y 400 libras, y tamaños de hasta 8 pies de longitud.

Se les describe como animales dóciles. Sus únicos depredadores naturales fueron los tiburones hasta que intervino el hombre, quien provocó su extinción, pues además de cazarlas perturbó sus zonas de descanso y reproducción.

Los esfuerzos para avistar la foca monje caribeña continuaron con el tiempo. Entre las décadas de los setenta y los noventa se realizaron intensas expediciones, reconocimientos aéreos y múltiples entrevistas a pescadores de todas las Antillas.

Hasta ese entonces permeaba la ilusión de su existencia, aunque limitada, en islotes remotos, en cayos aislados. De hecho, se observaron ejemplares en Puerto Rico que resultaron ser otra especie, la foca de casco o encapuchada (Cystophora cristata).

Todo indica que fueron individuos extraviados de su hábitat en la zona Ártica. Otros avistamientos en el Caribe resultaron ser leones marinos de California (Zalophus californianus). Por tal razón, el Servicio Nacional de Pesca Marina de los Estados Unidos declaró en el 2008 como especie extinta a la foca monje caribeña.

Con la determinación, la Monachus tropicalis se convirtió en la primera foca en declarase oficialmente extinta. No obstante, existen miles de playas escondidas en el Mar Caribe, por lo que quién sabe si alguno de estos días recibimos una grata sorpresa.

Mientras tanto, todos los esfuerzos deben estar dirigidos a conservar a sus primas-hermanas que aun le sobreviven. Estas son la foca monje de Hawai (Monachus schauinslandi) y la foca monje del Mediterráneo (Monachus monachus). Ambas han sido declaradas especies en peligro de extinción, pues existen menos de 1,200 focas monje de Hawai y unas 500 focas monjes del Mediterráneo.

Un mensaje nos deja esta bella criatura marina: Hay que actuar para detener el desvanecimiento de las especies que comparten el Planeta. De otra forma desaparecen sin siquiera percatarnos de que existen, sin conocerlas, disfrutarlas, desvaneciendo sin el relato de su existencia.

El autor es oceanógrafo y asesor científico del Programa del Estuario de la Bahía de San Juan.

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