Salvadores del manatí

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Rut N. Tellado Domenech

Son apenas las 7:30 a.m. y las labores hace rato que comenzaron en el Centro de Conservación de Manatíes. A esa hora, Pedro Rivera, coordinador de Estanques y Filtros de la instalación ubicada dentro del Recinto de Bayamón de la Universidad Interamericana, casi termina de limpiar la última de las tres piscinas.

Mientras Pedro utiliza una malla para extraer del estanque residuos de alimento y otros desperdicios, siento un resoplido en el rostro. Volteo a mi derecha y ahí está Guacara, con su cabeza fuera del agua, observando, como si quisiera saludar. Con sus 10 años y casi 800 libras,  es el más grande y de mayor edad de los cuatro manatíes que alberga el centro, cuya misión es rescatar y rehabilitar a estos animales en peligro de extinción cuando sus vidas están en riesgo. La meta, una vez estén listos, es que vuelvan al mar.

Pedro relata que Guacara fue rescatado en aguas de Florida, en Estados Unidos, luego de que  un choque con una embarcación afectara su sistema respiratorio. Desde entonces, perdió la capacidad de flotar, por lo que debe mantenerse en aguas poco profundas como las del estanque de seis pies de profundidad del centro. Por eso, nunca podrá ser liberado.

En la piscina mediana, los juveniles Yuisa y Aramaná acercan sus hocicos al lente de nuestro fotógrafo, como buscando un close-up. “Es que piensan que ustedes les van a dar comida”, advierte Pedro mientras termina de limpiar.

En eso suena el carrillón del reloj del recinto para avisar que son las 8:00 a.m., hora de comenzar a preparar los alimentos que los manatíes consumirán una hora después. Esta faena la llevan a cabo varias voluntarias lideradas por Tamara Alejandro, coordinadora de Rehabilitación y Cuidado Veterinario, en un salón multiusos contiguo al área de los estanques.

En el centro del salón hay una mesa de metal, donde las voluntarias pican manzanas, zanahorias, batatas, lechuga romana y otras frutas,  vegetales y viandas para luego pesarlas y determinar cuánto darán a cada animal, según su edad y  peso. Las paredes del cuarto están casi cubiertas por cuatro grandes neveras, donde se guardan los alimentos, y por pizarras que muestran tablas con la cantidad de comida que cada manatí recibirá en la mañana y en la tarde.

“Al bebé se le da alimento cada tres horas en biberón”, dice Tamara acerca de Tureygua, el pequeñín del centro. Este fue rescatado en agosto, el mismo día que nació, en una playa en Isabela, luego de que su madre se separara de él cuando al parecer intentaba huir de una persona que insistía en filmarlos.

Con menos de dos meses de edad y poco más de 60 libras, Tureygua requiere la atención y cuidados de un recién nacido. Para evidenciarlo, Tamara abre un gabinete y muestra varios suplementos que se le echan a la fórmula de soya que toma en el biberón: multivitaminas para niños, vitaminas C y E, probióticos y aceites de coco y macadamia para su sistema digestivo. “Lo hacen en Sea World y ahora lo estamos trabajando aquí por primera vez con él”, dice sobre la inclusión de los aceites en su dieta.

Aunque cuentan con una empresa que les dona frutas y vegetales los lunes y jueves, Tamara resalta  la necesidad de aportaciones del público, pues cada animal consume el 7% de su peso todos los días. Que aumenten de peso es importante, pues una vez pasan de las 500 libras y están en condiciones óptimas de salud, pueden ser devueltos al mar. En el caso de Tureygua, se necesitan donaciones de fórmulas Similac Soy Isomil y Similac Go & Grow Soy-based.

“Los bebés toman leche por dos años mientras aprenden a comer sólidos”, puntualiza Tamara. “A medida que crecen los vamos destetando”.

Mientras las voluntarias terminaban de cortar en trozos los frutos, se estacionó frente al edificio una guagua escolar con un grupo  de estudiantes de un plantel privado de Bayamón. Los alumnos se mantuvieron en fila bajo la sombra de un toldo mientras la maestra coordinaba con otros voluntarios la entrega a los chicos de las pulseras de papel que los identifican como que están autorizados para entrar a las instalaciones y ser parte de un recorrido guiado.

En la mesa de preparación de alimentos, las voluntarias acomodan los frutos troceados en distintos envases para llevarlos al área de los estanques. Después comienzan a preparar el biberón para Tureygua. Para ello, trituran en un pilón las pastillas de vitaminas y probióticos para mezclarlas con la fórmula a base de soya para bebés y con los aceites de macadamia y coco en una botella con una mamadera larga.

Hora de comer

El carillón del campus anuncia que son las 9:00 a.m.  Pedro y Tamara, junto a dos voluntarias, llevan los alimentos al área de las piscinas. Tamara se acerca con la botella de fórmula al estanque más pequeño. Con una mano le muestra el biberón y con la otra agita el agua para llamar la atención de Tureygua. El bebé se acerca a la coordinadora y se posa sobre un escalón que hay dentro de la piscina y donde cabe perfectamente. Ahí la mujer le pone el biberón en la boca y sostiene suavemente la parte de abajo de la cabeza del pequeño para mantenérsela levantada en lo que toma.

El bebé cierra los ojos y toma con gusto. No se despega de la botella hasta haberla dejado vacía. Una vez termina, se acuesta en el escalón y se queda dormido.

En los otros estanques, Pedro y las voluntarias vierten los trozos de frutos para Yuisa, Aramaná y Guacara. Cuando los manatíes se acercan a la orilla en busca del alimento fresco, quienes los cuidan se valen de una máquina -que parece el escáner de una caja registradora- para tomarles la temperatura. También apuntan la temperatura del aire y del agua de las piscinas, para asegurarse de que estén en óptimas condiciones.

Yuisa mantiene su cabeza sobre el agua. A medida que nada, va comiendo todos los trozos de batata, manzana, lechuga y otros vegetales que halla a su paso. “Es bien comelona”, resalta la voluntaria Sylma Escobar. Esta muestra tubos de PVC con varios orificios, en los que se introduce lechuga. Una vez están llenos, se colocan en el fondo de las piscinas de los  manatíes más grandes. “Les preparamos estos comederos para que aprendan a comer del fondo, como lo harían si estuvieran en el mar”, explica Pedro.

Otra forma de prepararlos para su hábitat natural es que les van alternando los frutos con plantas acuáticas y hierbas marinas que cultivan en un proyecto de acuacultura que el centro tiene en otro edificio, agrega el coordinador.

En el estanque del gran Guacara echan otro comedero, pero elaborado con un cono anaranjado de  tránsito. “Les tenemos comederos distintos y otros juguetes para evitarles la ansiedad y el aburrimiento de estar años en rehabilitación en la piscina y para que mantengan su mente activa”, detalla Tamara.

Entran los estudiantes. Después de haber tomado una charla dentro del salón multiusos, los alumnos pasan al área de los estanques acompañados de su maestra y de Yamil Agosto, voluntario que les sirve de guía. Los lleva primero por los muros que demarcan el área, donde hay un diagrama de la anatomía del manatí, así como dibujos con las diferencias en tamaño de un animal bebé y un adulto, y otro con la sonda que se les coloca una vez son liberados para monitorizarlos durante un año.

Luego se paran frente a las  piscinas más grandes para conocer mejor a Guacara y a la pareja de juveniles, quienes nadan tranquilamente. Yuisa y Aramaná son los únicos cuyo estanque está lleno de agua salada, pues se espera que pronto sean liberados. Con el bebé se seguirá el mismo proceso, una vez crezca y esté en condiciones de regresar al mar. Ninguno de los pacientes del centro puede ser tocado por los visitantes.

A las 10:00 a.m. llega Antonio Mignucci, director del centro y profesor de ciencias marinas de la Universidad Interamericana. “Aquí se trabaja todos los días, de lunes a domingo”, resalta el doctor, mientras regresamos al salón multiusos. Allí, otras voluntarias analizan muestras de agua de todos los estanques para medir sus niveles de cloro, turbidez y acidez.

En un cuarto aledaño, los coordinadores y otros voluntarios almuerzan luego de haber despedido a los alumnos. Se preparan porque a las 12:00 p.m. comienzan de nuevo los trabajos de limpieza de estanques y alimentación de los animales. Con su ardua labor esperan salvar a la especie de la extinción, un biberón a la vez.

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